![]() |
Evergreen
International is the most complete resource for Latter-day Saints on same-sex attraction. |
|
| home | learn about same-sex attraction | support groups | conferences/firesides | articles | newsletters | languages | bookstore | about us | ||
Conferencia Anual de Evergreen International - 1998
Compartir este testimonio es una cosa muy seria, y me siento inadecuado
al hacerlo. Digo ésto porque es difícil mirar hacia atrás y poner juntas
todas las piezas de mi vida que han hecho lo que soy ahora; tambíen
reconozco que todavía tengo mucho por recorrer.
Siempre he tenido problemas en mis relaciones tanto con hombres como con
mujeres. Mis padres no me ayudaron mucho en ésto, ya que ellos eran
controladores y manipulativos. Mi padre nunca estuvo mucho en casa
porque tenía dos trabajos y porque bebía. Mis padres no eran malas
personas o malos padres. En realidad ellos eran gente excepcional, pero
también tenían problemas excepcionales.
Recuerdo que cuando estaba en segundo grado, amaba los deportes,
especialmente el béisbol y el fútbol americano. Por supuesto, a esa
edad, ni yo ni mis compañeros éramos buenos en los deportes, pero nos
gustaban los desafíos. Recuerdo que repetidas veces le pedí a mis padres
si podía anotarme en un equipo de béisbol. Nunca me lo permitieron.
Ellos temían que yo perdiera el interés, y que de esa manera se
derrochara el dinero. Ellos no tenían ningún interés en venir a los
partidos y pensaron que eso sería una gran carga de tiempo para sus
agendas. También temían que yo me lastimara. Así fue que, mientras mis
compañeros mejoraban en los deportes, jugando en equipos o siendo
enseñados por sus padres, yo no lo hacía. Por supuesto, otras personas
se dieron cuenta que yo no era bueno en los deportes, y no me querían en
sus equipos del colegio. Muchos me molestaban por mi altura y algunos
kilos de más.
Empecé
a a desear tener lo que mis amigos tenían. Ellos parecían entenderse en
una forma que yo no entendía. De los doce a los trece años me preocupé
bastante en esos chicos misteriosos que parecieron entenderse siempre,
pero parecían asociados en algún tipo de sociedad secreta como para
aceptar gente de afuera, como yo. Durante ese tiempo, las intrigas que
tenía por los hombres se volvieron fantasías, y las fantasías se
volvieron cada vez más fuertes y más vívidas en mi imaginación a medida
que pasaba el tiempo.
Cuando
tuve diecinueve años me reactivé en la Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Ultimos Dias luego de once años de inactividad. Al poco
tiempo decidí servir una misión, y serví honorablemente en la Misión
Little Rock, en Arkansas. A los 22 años regresé de mi misión sin haber
podido sacarme de encima lo que parecía una terrible maldición. Nunca
había tenido relaciones íntimas con nadie, pero me sentía culpable de
sentir lo que sentía. Luego de haber estado en casa por cinco meses, me
encontré buscando encuentros con otros hombres. Quería tanto entender a
otros hombres, y que mi amor fuese correspondido. Le comenté a mi obispo
acerca de los sentimientos y deseos que tenía. El fue muy amable y
comprensivo, y me aconsejó ver a un terapeuta que era conocido por sus
logros. Aunque éste era un buen terapeuta, sabía muy poco acerca de este
tema, y él estaba convencido de que no progresaría mucho tratando de
superar mi atracción por los hombres. De más está decir que nuestras
reuniones no fueron muy benéficas, y abandoné la terapia luego de dos
meses. Estaba muy decepcionado conmigo mismo y enojado con la vida por
la cruel parte que me había tocado vivir. Me cansé de tener deseos por
relaciones íntimas con otros hombres, y al mismo tiempo, de estar en
armonía con Cristo y sus enseñanzas.
En
agosto de ese año decidí que la única forma de salir de ese infierno era
suicidarme, y que hoy era el día. Mientras manejaba hacia casa, donde
planeé llevar a cabo todo, fui incitado a chequear por otro libro en la
librería para ver si podía encontrar algo que me diera alguna esperanza
de cambio. Busqué y busqué, sin saber siquiera qué título estaba
buscando. Cuando estaba por irme, mi ojo cayó sobre el título de un
libro. Era Tú no tienes que ser
gay. Luego de tomar coraje para comprar un libro como ese, lo llevé
a casa comencé a leerlo.
Luego de leer las dos primeras hojas comencé a llorar. Por primera vez
había encontrado algo que me dijo que había otro camino, y que habían
otras personas que encontraron paz de este infierno.
Algunos meses antes, mi obispo había recibido información sobre una
conferencia a realizarse sobre gente que tenía atracción hacia el mismo
sexo. Habíamos decidido ir juntos. La organización era Evergreen. Allí
me puse en contacto telefónico con Mike para pedirle información sobre
la conferencia. Desafortunadamente la reunión ya había tenido lugar la
semana anterior. Seguí hablando de vez en cuando con Mike mientras
esperaba hasta la próxima conferencia.
En ese
período me las ingenié para involucrarme en una relación
no saludable y muy dependiente con otro hombre. Cuando esta
relación terminó pensé que eso iba a ser el fin de mi mundo. Sólo tenía
las fuerzas para hacer lo mínimo necesario para sobrevivir. Dormía cerca
de 13 a 18 horas por día, y cuando estaba despierto, me sentía en el
infierno. Sufría tanto que no pensé que era posible sentirme mejor.
Aprendí lo que era orar sólo para sobrellevar los próximos cinco
minutos. Ese fue el único momento en que sentía paz. Oraba
constantemente, porque sentía que estaba al borde de mi vida. Lentamente
comencé a sentirme mejor. Luego de los primeros días, fui capaz de orar
para sobrellevar la próxima media hora, luego una hora, hasta llegar al
día. Esa fue una de las experiencias más templantes y difíciles de mi
vida. A través de este proceso aprendí que podía sobrellevar gran dolor,
un dolor más fuerte de lo
que jamás haya sentido. Sólo pude haber hecho ésto porque Dios estaba a
mi lado, guiándome lentamente. Esta fue una gran lección para mí, y aún
hoy permanece viva. Aprendo más cuando Dios está guiándome lentamente, y
educándome a lo largo del camino.
A
través de este proceso comencé a tener más estima, amor y comprensión
por mí mismo. Aprendí que necesitaba gastar menos energía en querer
superar la atracción por los hombres, y que debía gastar más energía en
controlar las cosas que alimentaban esa atracción. Aprendí mucho acerca
de codependencia, tomar riesgos y decisiones, y tener más cuidado
conmigo mismo. Me arriesgué haciendo cosas como aprender a esquiar sobre
el agua con nuevos amigos que hice en la Iglesia. Dios me indicó a
mejorar mi vida de muchas maneras, lenta y cuidadosamente, tal como
postularme nuevamente a un trabajo en el cual ya había sido rechazado.
Terminé obteniendo ese trabajo, y pronto fui ascendido. Mi salario y mi
posición me ayudaron a sentirme que valía más. También comencé a ver que
habían más opciones en la vida, y que tomar los riesgos era una parte
necesaria para alcanzar el éxito. Aprendí que podía hacer y alcanzar
mucho más de lo que jamás pensé. Aprendí que yo tenía un lugar en el
mundo. Aprendí que yo era importante para Dios.
Al año
siguiente (dos años atrás) fui a mi primera conferencia de Evergreen.
Allí aprendí muchas cosas importantes. La conferencia me convenció de
que podía usar los grupos de apoyo, y de que ellos eran un lugar sin
peligro. A la semana siguiente comencé a ir a un tal grupo de Evergreen
en Salt Lake City. Desde entonces también he participado en el grupo de
Salt Lake City South, y actualmente estoy en el grupo de Provo, Utah. He
hecho grandes amigos de ambos tipos, los que sufren de atracción por el
mismo sexo y de aquellos que no.
Trabajé en mí mismo con la ayuda de Allen Gundry de los Servicios
Sociales de la Iglesia por cerca de un año. En ese entonces, Allen tenía
problemas de salud lo que hizo que dejara de trabajar con pacientes
individuales. Mi tiempo con Allen fue invalorable. Con su ayuda progresé
más de lo que nunca imaginé. Actualmente estoy buscando a otro
terapeuta, porque sé que trabajar con un buen profesional que entiende
estos temas es vital para mi recuperación.
Mi
vida continúa cambiando y yo continúo creciendo. También sigo luchando.
Una de las cosas que aprendí luego de romper mi relación codependiente
fue que el dolor es el catalizador de nuestra salud. Los momentos de
grandes cambios en mi vida siempre han sido los más incómodos y
dolorosos. Creo firmemente que hay una relación entre el dolor y el
proceso de cura. El acto más grande que jamás se hizo fue el de curar
las almas de toda la humanidad, y el costo de ello fue el indescriptible
dolor de nuestro Salvador.
A lo
largo de este proceso he leído mucho, he tomado riesgos, y me he
analizado interiormente. Gracias al apoyo de amigos, de terapeutas, y de
Dios, he recorrido mucho camino a lo largo de estos últimos tres años.
Todavía tengo mucho por recorrer, pero sé desde lo más profundo de mi
corazón que el proceso de cambiar existe, y que vale la pena. Aún tengo
mucho por aprender acerca mío y de los demás, y practico tomar buenos
riesgos. Todo esto es parte de lo que tengo que hacer para seguir
creciendo y mantenerme saludable. Aún siento atracción por los hombres,
a veces a menudo, pero eso no es nada en comparación con el infierno que
viví antes. Solía ser extremadamente adicto a pensamientos sensuales
y buscar encuentros sexuales. Ahora, tengo una vida, y no sólo
pensar en mi atracción por los hombres. Me tengo confianza, y tengo
buenos amigos. Lo mejor de todo, es que cada día me siento mejor.